La rosa púrpura de El Cairo. O la capacidad de elegir

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Ya os he comentado en varias ocasiones que soy bastante fan de Woody Allen. Me gustan prácticamente todas sus películas. Unas más que otras claro. Y tampoco las he visto todas (por suerte para sus fans es un director muy productivo). Pero me gusta mucho la personalidad que le da a cada historia. El humor que utiliza. Y el realismo de los personajes (aunque a veces aparezcan en mundos surrealistas).

Y dicho esto, hace unos meses ví La Rosa púrpura de El Cairo. Es del año 1985 (buena cosecha la de aquel año 😀 ) protagonizada por Mia Farrow y Jeff Daniels que está llena de magia. Ambientada en los años 30, Cecilia trabaja como camarera en Nueva Jersey. Su marido, que se ha quedado sin trabajo, se dedica a varias cosas menos a encontrar una nueva ocupación.  Pero por si eso no fuera poco trata a Cecilia de la peor de las maneras. Ella utiliza el cine como vía de escape, es su forma para evadirse de los problemas cotidianos. Y un día, la magia ocurre, el protagonista de su película favorita (La rosa púrpura de El Cairo) se fija en ella y traspasa la pantalla para conocerla.

Mia Farrow

La magia del cine

Entre otros, nos deja un mensaje muy especial. Ir al cine se convierte en una fiesta, un ritual. Dónde sucede la magia cuando se apagan las luces. Durante unos minutos te transporta a otro mundo, a otras vidas, a otras realidades. Sirve para que nuestra mente se relaje, se distraiga de todo el ruido que acumulamos en nuestra cabeza durante todo el día. Para mi, ver una película es una de las mejores manera de descansar el cuerpo y la mente 🙂

Si nos olvidamos de los debería…

Es otro de los mensajes que nos deja. En la película todo es posible. Porque los protagonistas consiguen librarse de los debería (imposiciones que nos hacemos a nosotros mismos, que nos hacen los demás o la sociedad, sobre cómo se supone que sería conveniente pensar y/o actuar). Y una vez que los dejan de lado, consiguen hacer lo que siempre han querido. Piensan únicamente en su felicidad y en lo que tienen que hacer para conseguirla. Esa es la única forma de ser nosotros mismos.

Pero resulta, que a veces (aunque nos empeñemos en creer lo contrario) la realidad es mejor que la ficción. Porque “el mejor atributo del ser humano es la capacidad para elegir”. Esa maravillosa capacidad que tantas veces se nos olvida que tenemos. Podemos elegir dónde queremos estar, con quién queremos estar, hacia dónde queremos ir. Y sobre todo y lo más importante, tenemos la capacidad de elegir lo que pensamos, en qué nos centramos o de qué manera vamos a dejar que nos afecte lo que nos ocurre. Podemos elegir enfadarnos, y centrar nuestra energía en luchar contra las situaciones difíciles que sufrimos. O podemos aceptarlas y buscar el aprendizaje si no depende de nosotros cambiarlas. O podemos centrarnos en cómo modificarlas si está en nuestra mano. Pero sea de una manera u otra, siempre, siempre tienes una elección que hacer.

“Los personajes de ficción quieren una vida real, y las personas reales una vida de ficción”

Hasta la semana que viene!

Carpe diem ★

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